El pirata
El pirata Michel se fue a ejecutar la orden, y los ojos de Peyrol vagaron por las orillas de la dársena, sin que le desapareciera la sensación de que por allí se mantenían ocultos los ingleses. Estaba absolutamente seguro de que uno de los botes de la corbeta estaba aún en la caleta. Lo que le resultaba incomprensible era el motivo de su arribada. Sólo aquella forma inerte tendida a sus pies hubiera podido contestarle, pero Peyrol tenía muy pocas esperanzas de que fuese siquiera capaz de hablar de nuevo. Si sus amigos decidían emprender la búsqueda de su camarada, había pocas posibilidades de que no descubrieran la existencia de la dársena. Peyrol se agachó y examinó el cuerpo. No encontró arma alguna, a excepción de una navaja de muelles sujeta a una cuerda que llevaba alrededor del cuello.
Michel, aquel espíritu sumiso, volvió de popa y siguiendo instrucciones arrojó un par de cubos de agua salada sobre la ensangrentada cabeza con el rostro vuelto hacia la luna. Bajar el cuerpo al camarote fue un poco difícil, pues pesaba mucho. Lo tendieron cuan largo era sobre un baúl, y una vez que, con extraña pulcritud, Michel le acomodó los brazos a lo largo de los costados, adquirió un aspecto increíblemente rígido. La chorreante cabeza con los cabellos empapados parecía la de un ahogado con la brecha rosada de una herida en la frente.