El pirata

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El «ven acá, Michel», pronunciado en voz baja, actuó como un tónico moral. Aquello no era cosa del Maligno, ni tampoco brujería. E incluso aunque lo fuese, Michel perdió el miedo una vez que supo que Peyrol estaba allí. No aventuró una sola pregunta mientras le ayudaba a dar la vuelta a aquel cuerpo exangüe. El rostro estaba lleno de sangre por la herida que se había hecho en la cabeza al golpearse contra el afilado borde de la sobrequilla. Aquella víctima de la curiosidad desmedida se había salvado de destrozarse las piernas o de romperse la cabeza en su viaje por los aires, al haber entrado en contacto con un obenque del mástil, que se había tronchado como una zanahoria. Al levantar casualmente los ojos, Peyrol vio las cuerdas rotas y entonces puso una mano sobre el pecho del hombre.

—Todavía le late el corazón —murmuró—. Ve y enciende la lámpara del camarote, Michel.

—¿Va a llevar eso al camarote?

—Sí —dijo Peyrol—. El camarote sirve para estas cosas —y, de pronto, sintió una gran amargura—. En una ocasión fue una trampa mortal para gente mejor que este tipo, quienquiera que sea.


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