El pirata
El pirata Se levantó y, tras dar unos pasos, alcanzó una cresta rocosa desde la que pudo ver las dos espigas blancas de su tartana. Su saco quedaba oculto por la forma de la costa, en la que el rasgo más destacado era una gran piedra plana. Ése era el punto desde el que, aún no hacía doce horas, Peyrol, incapaz de descansar en la cama, y mientras se dirigía a su tartana con intención de dormir en ella, había visto a la luz de la luna a un hombre situado sobre su barco, examinándolo; una imagen negra y ahorquillada de forma característica y que, ciertamente, no tenía nada que hacer por allí. Por una súbita y lógica deducción, Peyrol se dijo: «Ha desembarcado de un bote inglés». No se detuvo a considerar ni el cómo ni el porqué. Actuó de inmediato como el hombre acostumbrado por los años a afrontar emergencias del tipo más inesperado. Suspendida en una especie de atenta sorpresa, la tenebrosa figura ni oía ni sospechaba nada. El impacto del extremo más grueso de la porra en su cabeza sobrevino como un rayo caído del cielo. Los lados de la pequeña dársena se hicieron eco del golpe. Pero el intruso ya no pudo oírlo. La fuerza del golpe lanzó el cuerpo inerte sobre el bote de la roca lisa y dio con él en la abierta bodega de la tartana, que lo recibió con el sonido de un apagado redoble de tambor. Peyrol no lo hubiera hecho mejor a los veinte años. No. No tan bien. Lo había resuelto con la celeridad y la precisión de la experiencia. Al redoble apagado del tambor siguió un silencio absoluto; ni un suspiro ni quejido alguno. Peyrol echó a correr por un pequeño promontorio donde la orilla alcanzaba la altura de la borda de la tartana, y saltó a ella. El silencio se mantuvo inalterable bajo la fría luz de la luna y entre las espesas tinieblas de las rocas. Permaneció inalterable porque Michel, que siempre dormía bajo la cubierta de proa, se despertó por el golpe sordo que hizo estremecer la tartana, y perdió el sentido del habla. Con la cabeza fuera de la cubierta, a cuatro patas y temblando violentamente como un perro escaldado, le era imposible dar un paso más, por el terror que le había producido aquel cadáver hechizado volando por los aires. No lo hubiera tocado por nada del mundo.