El pirata
El pirata El ciudadano Peyrol permaneció en el patio de la posada hasta que la noche difuminó los detalles del panorama que contemplaba. Y una vez que la luz diurna se hubo apagado, él siguió mirando en la oscuridad, aunque lo único que distinguÃa era el blanco sendero que corrÃa a sus pies y las oscuras copas de los pinos entre los que se hundÃa el camino al avanzar hacia el mar. No entró en la posada hasta que la abandonaron unos carreteros, que después de beber unas copas se alejaron en sus carretas de dos ruedas, cargadas de barricas de vino vacÃas, camino de Fréjus. La circunstancia de que no pernoctaran allà satisfizo a Peyrol, que cenó solo, en silencio, con una grave compostura que impresionó a aquella anciana que le recordaba a su madre. Terminada la pipa, y dueño de un candil con una vela, el ciudadano Peyrol subió a reunirse con su equipaje. La escalera crujió bajo sus pesados pasos como si llevara un fardo al hombro. Apenas pisó la habitación, cerró los postigos cuidadosamente, como si temiera al relente de la noche. Después cerró la puerta con cerrojo y, sentándose en el suelo, con el candil colocado entre las piernas bien abiertas, comenzó a desvestirse, tirando la chaqueta al suelo y quitándose apresuradamente la camisa. El secreto de sus pesados movimientos se puso de manifiesto entonces: directamente sobre la piel —como lleva su cilicio el piadoso penitente— llevaba una especie de chaleco hecho con dos piezas de vela de barco, como si fuera un colchón cosido con bramante. Tres botones de cuero cerraban el pecho de la prenda. Los desabrochó y se desembarazó de los tirantes que impedÃan que aquella curiosa invención se desprendiera de sus hombros. Una vez desnudos su fuerte torso y sus brazos de piel blanca cubierta por una profusión de tatuajes, Peyrol inspiró profundamente para aliviar el agobio de su pecho, cuya piel enrojecida parecÃa haber soportado una cataplasma de sal y pimienta. Y no sólo el pecho del ciudadano Peyrol se ensanchó entonces hasta la plenitud de su capacidad atlética, sino que también se transformó su fisonomÃa, pues su grave expresión no era otra cosa que el resultado de la incomodidad fÃsica. No es grano de anÃs andar con las costillas oprimidas y con un montón de monedas extranjeras, de un peso igual al de sesenta o setenta mil francos en metálico, colgado de los hombros. La experiencia de Peyrol con el papel moneda de la República le habÃa hecho preferir su equivalencia en metálico, aunque eso le obligara a acarrear mil o dos mil monedas. Las suficientes, en cualquier caso, como para justificar el capricho que le sobrevino cuando contemplaba el paisaje a la luz del crepúsculo de comprar toda aquella tierra en la que habÃa nacido, con sus casas, bosques, vides, olivos, huertos, rocas y lagunas de agua salada. Todo lo que estaba a la vista, incluidos los animales. Pero la tierra no le importaba en absoluto. No deseaba poseer parte alguna de una tierra a la que no querÃa. Todo lo que deseaba era un rincón tranquilo y oscuro, a cubierto de la mirada de los hombres, en el que pudiera cavar un agujero para pasar desapercibido.
