El pirata
El pirata —Sacrée tête dure —musitó, sin conseguir entusiasmarse. En realidad se encontraba algo molesto por no haber sido reconocido. No podÃa concebir cuán difÃcil habÃa sido para Symons identificar aquella persona con el pelo encanecido y de porte deliberadamente majestuoso, con el objeto de su admiración juvenil, aquel hermano francés de ensortijado pelo negro y en la flor de la vida, del que todo el mundo hablaba tanto. Peyrol se sobresaltó al oÃr que el otro decÃa de repente:
—Soy un inglés. Lo soy. Y no me voy a poner de rodillas ante nadie. ¿Qué vas a hacer conmigo?
—Haré lo que me plazca —dijo Peyrol, que se estaba haciendo exactamente la misma pregunta.
—Pues, entonces, sea lo que sea, hazlo pronto. Me importa un bledo lo que hagas, pero sé rápido.
Trató de ser enfático, pero, de hecho, las últimas palabras sonaban muy débiles. Y aquello afectó al viejo Peyrol, que pensó que si le permitÃa beberse toda la jarra, le emborracharÃa totalmente. Pero corrió aquel riesgo, y se limitó a decir:
—¡Allons! ¡Bebe!
El otro no aguardó una segunda invitación, aunque no le fue posible controlar muy bien los movimientos del brazo que extendió hacia la jarra. Peyrol levantó la suya en alto.
—Trinquons, ¿eh? —propuso. Pero aun en su precaria situación, el inglés se mantuvo implacable.