El pirata

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Pero el misterioso silencio de Peyrol pareció acabar por intimidarle. Comenzó a mostrarse abatido, y se puso a maldecir en tono lánguido a todos los botes expedicionarios, al timonel de la lancha y a su propia suerte infernal.

Peyrol adoptó una actitud atenta y expectante, como la de un hombre interesado en un experimento, mientras que, al cabo de un rato, el rostro de Symons empezó a mostrar la expresión de quien ha sido golpeado de nuevo, aunque no tan rudamente como la vez anterior. Se le nublaron los ojos, y las palabras «marinero bastante sospechoso» abandonaron sus labios con un aire moribundo. Pero su cabeza era tan dura que aún pudo recuperarse lo suficiente como para dirigirse a Peyrol en un tono obsequioso.

—¡Vamos, abuelo! —dijo, tratando de empujar la jarra a través de la mesa y volcándola—. ¡Acabemos con la botellita!

—No —dijo Peyrol, atrayendo la damajuana hacia donde él estaba y tapándola.

—¡No! —repitió Symons con voz de desconfianza y la mirada fija en la damajuana—. ¡Qué chapucero!


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