El pirata

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Trató de decir algo más, vaciló y, de pronto, pronunció la palabra cochon tan claramente que el viejo Peyrol se sobresaltó. Después de eso era inútil seguir mirándole. Peyrol guardó la damajuana y las jarras. Cuando se volvió de nuevo, el cuerpo del prisionero se extendía sobre la mesa sin emitir sonido alguno, ni siquiera un ronquido.

Al salir Peyrol del camarote, cerrando la puerta a sus espaldas, Michel se le acercó corriendo desde la proa, dispuesto a recibir órdenes de su amo. Pero Peyrol se quedó de pie en la cubierta de popa, con una mano sobre la boca, y reflexionando tan profundamente que Michel, inquieto, intentó animarle con un «Parece que no se va a morir».

—Está acabado —dijo Peyrol jovialmente—. Está acabado de lo borracho que está. Probablemente no me veas hasta mañana.

—¿Y qué voy a hacer? —preguntó medrosamente Michel.

—Nada —dijo Peyrol—. Y, desde luego, no debes permitir que prenda fuego a la tartana.

—Pero suponga —insistió Michel— que intenta escaparse.


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