El pirata
El pirata Al dirigirse al mirador sobre la colina, donde el pino se asomaba inclinado sobre el farallón, como si una insaciable curiosidad le mantuviera en esa precaria posición, Peyrol contempló desde otra perspectiva la granja y sus dependencias, y de nuevo se vio afectado por su desolada apariencia. No parecía que hubiera quedado un alma, ni siquiera un animal; sólo los pichones se movían por los tejados con vivaz elegancia. Peyrol apresuró el paso y, al poco rato, vio el barco inglés bastante cerca de la orilla de Porquerolles, con todas las vergas en alto y la proa hacia el sur. Soplaba una ligera brisa en el Passe, y la mate superficie plateada del agua se rizaba en una banda oscura hacia el este, en la misma dirección en que la flota inglesa, más o menos distante, pero bien oculta a la vista, vigilaba incansable. Ni la sombra de un palo ni el destello de una vela en el horizonte traicionaban su presencia. Pero para Peyrol no hubiera sido una sorpresa ver una gran multitud de navíos poblar el horizonte con su presencia hostil, y avanzar con rapidez, punteando el mar de grupos ordenados en torno al cabo Cicié, y haciendo alarde de su condenada desfachatez. Aquella corbeta —factor importante en la vida cotidiana de aquella franja costera— se convertiría, entonces, en un asunto baladí, y el hombre que la mandaba (adversario personal de Peyrol en muchos combates imaginarios sostenidos hasta el final en la habitación de arriba) tendría entonces que andarse con cuidado. Recibiría instrucciones de ponerse a las órdenes del almirante, y éste le enviaría de aquí para allá, como si fuera un perrito, si es que no le mandaba subir a bordo del buque insignia para recibir un rapapolvo por esto o aquello.