El pirata
El pirata Peyrol pensó por un momento que la desfachatez de aquel barco podía llevarle a lo largo de la península hasta la vista de la mismísima ensenada, pues la proa de la corbeta comenzaba a tomar ese rumbo. El temor por su tartana angustió el corazón de Peyrol, hasta que recordó que en el barco inglés ignoraban su existencia. Ya lo creo que la ignoraban. Su porra había obstruido aquella información con eficacia. El único inglés al tanto de la existencia de la tartana era el tipo de la cabeza rota. Peyrol se echó a reír ante su momentáneo sobresalto. Era evidente, además, que el barco aquel no tenía intención de desfilar frente a la península. No se iba a permitir esa desfachatez. Las vergas de la corbeta bornearon por la derecha, y la nave se puso contra el viento, pero aproando hacia el norte, de espaldas a su antiguo rumbo. Peyrol se dio cuenta de que el barco pretendía pasar a barlovento de cabo Esterel, con la intención, probablemente, de largar el ancla a distancia de la larga bahía blanca que, en una curva regular, cierra la dársena de Hyères por aquel lado.