El pirata
El pirata Peyrol se imaginó el barco en una noche con nubes, aunque no muy oscura —pues sólo hacÃa un dÃa que la luna era llena—, largando el ancla no muy lejos de la costa baja, con las velas plegadas y el aspecto de estar profundamente dormido, pero con la guardia presta en cubierta, junto a las baterÃas. Le rechinaron los dientes. Las cosas habÃan llegado a tal punto, que cualquier acto del capitán a bordo del Amelia producÃa en Peyrol un acceso de cólera. ¡De haber tenido con él cuarenta o sesenta hermanos bien elegidos, ya le habrÃa enseñado a ese sujeto lo caro que le podÃa costar tomarse libertades a lo largo de la costa francesa! ¡Otros buques se habÃan tomado por sorpresa, y en noches con luz suficiente para ver el blanco de los ojos del enemigo con el que habÃa que pelear! Y ¿cuál podÃa ser la tripulación de aquel barco? Unos noventa o cien hombres, incluidos grumetes e infantes… Peyrol agitó el puño como despedida al barco que desapareció de su vista al doblar el cabo Esterel. Pero en el fondo de su corazón, aquel marino de experiencias cosmopolitas sabÃa muy bien que ni cuarenta, ni sesenta, ni siquiera un centenar de Hermanos de la Costa habrÃan bastado para capturar aquella corbeta que tan cómodamente se hallaba a menos de diez millas de distancia de donde él mismo habÃa abierto por primera vez los ojos a la luz del mundo.