El pirata
El pirata Negó tristemente con la cabeza al pino ladeado, su única compañía. El alma desheredada de aquel pirata que durante tantos años se paseara por un océano sin ley, y con las costas de dos continentes al alcance de sus correrías, había regresado a su risco, como un pájaro marino cansado de dar vueltas en la oscuridad, y suspiraba por una gran victoria naval para su pueblo: aquella multitud de tierra adentro, de la que Peyrol no conocía sino a los pocos habitantes de aquella península separada del resto de la tierra por el agua muerta de la laguna salada, y en la que sólo un rasgo de virilidad en un miserable tullido y el indescifrable encanto de una mujer medio loca habían hallado respuesta en su corazón.
La idea de los despachos trucados era sólo una pieza del plan para una grande y destructiva victoria. Sólo una pieza, pero no una bagatela. Nada que se relacionara con el fraude a un almirante podía considerarse una bagatela. ¡Y qué almirante! Peyrol percibía vagamente que aquél era el plan que sólo se le podía ocurrir a un obtuso ciudadano de tierra adentro. Convertirlo en algo practicable era, sin embargo, incumbencia de los marinos. Y debería llevarse a cabo con aquella corbeta.