El pirata
El pirata Peyrol topó en ese punto con la cuestión que a lo largo de toda su vida le había sido imposible resolver: se trataba de decidir si los ingleses eran realmente muy estúpidos o muy taimados. Un problema que se había planteado en numerosas ocasiones. El viejo pirata contaba con el talento suficiente como para haber llegado a la conclusión general de que si habían de ser engañados, no lo serían por las palabras, sino, más bien, por los hechos; no por el mero solapamiento, sino por una profunda destreza oculta bajo algún tipo de acción directa. Esa convicción no significaba, sin embargo, avance alguno en un caso tan necesitado de reflexión como aquél.
El Amelia había desaparecido tras el cabo Esterel, y Peyrol se preguntó, con cierta ansiedad, si eso significaba que aquel barco había decidido prescindir de su hombre. «Si eso es así —dijo Peyrol para su coleto—, lo he de ver pasar de nuevo, más allá del cabo Esterel, antes de que anochezca». De no ser así, y en el supuesto de que el barco no se dejara ver durante las dos horas siguientes, habría que pensar que había largado el ancla lejos de la playa, aguardando a que llegara la noche para llevar a cabo algún intento de descubrir lo que había pasado con su tripulante. Eso sólo se podía hacer enviando uno o dos botes a explorar la costa y a internarse, sin duda, en la ensenada, desembarcando incluso, quizá, una pequeña tropa de exploración.