El pirata
El pirata Una vez alcanzada esa conclusión, Peyrol comenzó a cargar lentamente su pipa. De haber echado una mirada a tierra adentro habría visto el movimiento de una falda negra y el destello de un blanco fichu: Arlette corría por el sendero que desde Escampobar descendía hasta la aldea. El mismo sendero, de hecho, por el que el ciudadano Scevola se viera perseguido por la chusma encolerizada cuando intentó obedecer al extraño impulso de visitar la iglesia. Pero mientras cargaba y encendía la pipa, Peyrol sólo tenía ojos para el cabo Esterel. Después, con los brazos afectuosamente colocados sobre el tronco del pino, se dispuso a extremar su vigilancia. Muy lejos, bajo sus pies, con sus destellos grises y brillantes, la rada parecía una placa de madreperla en un marco de rocas amarillas y de barrancos verde oscuro abiertos entre las masas de colinas teñidas del púrpura más delicado. Sobre su cabeza y velado tras las nubes, el sol parecía un disco de plata.