El pirata
El pirata Aquella tarde, tras esperar en vano que el teniente Réal apareciera como tenía por costumbre, Arlette, la señora de Escampobar, había entrado de mala gana en la cocina donde Catherine se hallaba sentada muy derecha en una espaciosa y pesada silla de madera cuyo respaldo se elevaba hasta superar la altura de su cofia blanca. Incluso a su avanzada edad, y aun en sus horas de sosiego, Catherine preservaba la integridad del continente de aquella familia que durante tantas generaciones poseyera Escampobar. Habría sido fácil suponer que, tal algunos caracteres de celebridad mundial, Catherine estaba dispuesta a morir de pie y derecha.
Con su oído lozano como el primer día, Catherine detectó los ligeros pasos en la salle mucho antes de que Arlette penetrara en la cocina. Aquella mujer que había afrontado, sola y desasistida (salvo por el comprensivo silencio de su hermano), la angustiosa pasión de un amor prohibido y terrores comparables a los del Juicio Final, no volvió hacia su sobrina la cara tranquila, pero no serena, ni los ojos, sin temor, pero también sin fuego.
Arlette miró en todas direcciones, hasta a las paredes e incluso al montón de cenizas bajo la repisa de la chimenea, que aún alimentaba en su corazón un destello, antes de sentarse y apoyar el codo en la mesa.