El pirata
El pirata —Andas errante como un alma en pena —dijo su tÃa, sentada junto al hogar como una vieja reina en su trono.
—Y tú te quedas ahà sentada, rumiando tus pensamientos.
—Antes, las viejas como yo —subrayó Catherine—, podÃamos rezar nuestras oraciones. Pero ahora…
—Creo que hace años que no vas a la iglesia. Recuerdo que Scevola me lo dijo hace tiempo. ¿No vas porque no te gusta que los demás te vean? A veces he imaginado que una masacre acabó con la mayorÃa de la gente hace mucho tiempo.
Catherine miró hacia otro lado. Arlette apoyó la cabeza en su mano medio cerrada y sus ojos, perdiendo fijeza, comenzaron a temblar entre crueles visiones. Se levantó de súbito y acarició con la punta de los dedos aquellas delgadas mejillas, consumidas y huidizas. Luego, en voz baja y con aquella maravillosa cadencia que alcanzaba las fibras del corazón, dijo en tono de ruego:
—Eran sueños, ¿verdad?