El pirata

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La anciana, en su inmovilidad, pidió con toda la fuerza de su voluntad que apareciera Peyrol. No había sido capaz de desprenderse del miedo supersticioso hacia aquella sobrina rescatada de los terrores de un Día del Juicio en el que el mundo fue abandonado a las fuerzas del mal. Siempre tuvo miedo de que aquella muchacha vagabunda, de ojos inquietos y una vaga sonrisa en los labios silentes, pronunciara súbitamente algo atroz, inaudito, clamando al cielo venganza, a menos que Peyrol estuviera por allí. Ese extranjero, venido de par delà les mers, no tenía nada que ver con ellos ni, probablemente, con nadie en el mundo, pero su aspecto imponente había impresionado su imaginación, y aquella tranquilidad suya sugería la fuerza poderosa de un león en reposo. Arlette dejó de acariciar las impertérritas mejillas, y exclamó, petulante:

—Ya estoy despierta —y salió de la cocina sin haber preguntado a su tía lo que la inquietaba y qué era lo que había sido del teniente.






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