El pirata

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Se levantó y caminó a lo largo de la fachada de la granja. Al llegar al extremo del muro que cerraba el huerto, exclamó, con suave entonación: «¡Eugène!», no porque tuviera la esperanza de que el teniente se encontrara al alcance de su voz, sino por el placer de escuchar por una vez el sonido de su nombre en voz más alta que un susurro. Dio la vuelta y, al llegar al final del muro del patio, repitió: «¡Eugène, Eugène!», bebiendo el sonido que pronunciaban sus labios con una desesperación casi exultante. Su necesidad de apoyo era acuciante en esos momentos vertiginosos. Pero todo permanecía en silencio. Sobre su cabeza, y bajo el fino cielo grisáceo, había una gran morera en la que no se agitaba una sola hoja. Paso a paso, como si lo hiciera inconscientemente, comenzó a bajar por el sendero. Cincuenta yardas más allá se extendía la perspectiva de los tejados de la aldea, entre las verdes copas de los plátanos que sombreaban la fuente, y poco más allá, la lisa superficie opalescente de la laguna salada, lisa y mate como una lámina de plomo. Pero lo que condujo sus pasos fue la torre de la iglesia en la que, bajo un arco de medio punto, podía ver la mota negra de la campana que, tras evitar las requisas de las guerras republicanas y permanecer muda bajo la clausurada iglesia vacía, había recuperado recientemente la voz. Echó a correr, pero se detuvo al acercarse lo suficiente para distinguir las figuras que se movían alrededor de la fuente del pueblo, dudó un momento y tomó el camino que llevaba al presbiterio.


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