El pirata
El pirata —¿Vienes a pedirme ayuda? —preguntó con un tono dubitativo.
Ella afirmó ligeramente con la cabeza, y el párroco cerró la puerta que había quedado entreabierta. No se veía ni un alma entre el presbiterio y la aldea, ni entre el presbiterio y la iglesia. Girando sobre sus talones, el párroco la miró a la cara y dijo:
—Es como si estuviéramos solos. La anciana de la cocina está sorda como una tapia.
Ahora, que miraba a Arlette más de cerca, el abad sentía una especie de aprensión. El carmín de aquellos labios, la transparente, inmaculada e indescifrable negrura de aquellos ojos, la palidez de sus mejillas, le sugerían algo agresivamente pagano y ofensivamente distinto al pecador normal de este mundo. Y ella estaba ahora dispuesta a hablar. Levantó la mano para atajarla.
—Espera —dijo—. No te había visto antes. No sé muy bien quién eres. Ninguno de los tuyos pertenece a mi rebaño… Porque tú eres de Escampobar, ¿no?
Desde la sombra de sus huesudas bóvedas, los ojos del párroco escrutaron el rostro de la muchacha, fijándose en la delicadeza de sus rasgos, en la ingenua terquedad de su mirada.
—Yo soy la hija —dijo.
—¡La hija!… Ya… De ti se dicen cosas horribles.