El pirata
El pirata —¿Esa chusma? —dijo ella, algo impacientada. El párroco permaneció en silencio—. ¿Qué es lo que dicen? Cuando vivÃa mi padre no se hubieran atrevido a abrir la boca. Lo único que les he visto hacer años y años es aullar como perros sarnosos tras los talones de Scevola.
La ausencia de desprecio en su tono resultaba verdaderamente aniquiladora. Unos dulces sonidos fluÃan de sus labios y un encanto inquietante de su extraña ecuanimidad. Una seducción de tal Ãndole que el párroco, para el que entrañaba algo diabólico, se esforzó en evitar.
—Son almas sencillas, desatendidas, sumidas en las tinieblas. No es culpa suya. Pero se vieron ofendidos en sus sentimientos. Yo le salvé de aquella furia. Hay cosas que es preciso dejar a la justicia divina —la inconsciencia de aquel hermoso rostro sin doblez le exasperaba—. Aquel cuyo nombre acabas de pronunciar, y que yo siempre he oÃdo junto al epÃteto de bebedor de sangre, está considerado como el dueño de la granja Escampobar. Lleva años viviendo en ella. ¿Cómo es eso?
—Hace ya mucho tiempo que me trajo de regreso a casa. Hace años. Catherine le permitió quedarse.
—¿Quién es Catherine? —preguntó, ásperamente, el párroco.