El pirata
El pirata —Es la hermana de mi padre, que nos esperaba en la casa. HabÃa perdido ya toda esperanza de vernos cuando, una mañana, Scevola apareció conmigo ante la puerta. De manera que le permitió quedarse. Es un pobre hombre. ¿Qué otra cosa podrÃa haber hecho Catherine? ¿Y qué nos importa lo que piense de él la gente de la aldea? —Bajó los ojos y pareció caer en una profunda meditación. Después añadió—: Más tarde, mucho más tarde, descubrà que era un pobre hombre. ¿Asà que le llaman bebedor de sangre? ¿De dónde lo habrán sacado? Tiene miedo de su propia sombra.
Dejó de hablar, pero no levantó los ojos.
—Ya no eres ninguna niña comenzó a decir el párroco, con voz serena y arrugando el ceño ante sus ojos humillados.
La oyó murmurar:
—Lo era no hace mucho.
No prestó atención y continuó:
—Te pregunto ¿es eso todo lo que tienes que decirme de ese hombre? Espero que, por lo menos, no me vengas con hipocresÃas.
—Monsieur l’abbé —dijo ella, levantando intrépidamente los ojos—, ¿qué quiere usted que le diga? Puedo contarle cosas que le pondrÃan los pelos de punta, pero no tienen nada que ver con él.