El pirata
El pirata El párroco hizo un gesto cansado por toda respuesta, y se puso a caminar de un lado a otro de la habitación. Su rostro no expresaba curiosidad ni piedad, sino una especie de aversión que se esforzaba en superar. Se dejó caer en un hondo y raído sillón de orejas, el único detalle lujoso de la habitación, y señaló un escabel de madera con el respaldo recto. Arlette se sentó y comenzó a hablar. El párroco escuchaba, pero con la mirada distante y con sus grandes manos huesudas apoyadas en los brazos del sillón. Al cabo de unas pocas palabras, la interrumpió:
—¿Es tu propia historia la que me estás contando?
—Sí —dijo Arlette.
—¿Es necesario que la sepa?
—Sí, monsieur l’abbé.
—Pero ¿por qué?
El párroco inclinó un poco la cabeza, pero sin dejar, empero, de mirar a lo lejos. Su voz se había hecho muy baja. De repente se echó hacia atrás.
—¿Quieres contarme tu historia porque te has enamorado de un hombre?
—No, sino porque eso es lo que me ha hecho volver en mí misma. Ninguna otra cosa hubiera podido lograrlo.