El pirata
El pirata El párroco se volvió y la miró torvamente, pero no dijo nada y volvió a mirar a lo lejos. Escuchaba. Al principio murmuró una o dos veces «SÃ, ya he oÃdo eso», y después guardó silencio, sin mirarla en absoluto. Sólo la interrumpió para preguntarle:
—¿Recibiste la confirmación antes de que el convento fuera asaltado y expulsadas las monjas?
—Sà —dijo ella—, un año antes o más.
—¿Y dos de esas señoras te llevaron consigo hacia Tolón?
—SÃ. Las otras chicas tenÃan parientes cerca. Me llevaron con ellas pensando que se lo podrÃan comunicar a mis padres, pero se puso difÃcil hacerlo. Entonces llegaron los ingleses, y mis padres se hicieron a la mar e intentaron saber lo que me habÃa pasado. Tolón en aquella época era un lugar seguro para mi padre. ¿Piensa usted, quizá, que fue un traidor para su paÃs? —preguntó, y aguardó, con los labios abiertos, la respuesta.
Impasible, el párroco murmuró:
—Era un buen realista —con un tono de amargo fatalismo que parecÃa absolver a aquél y a todos los hombres de cuyas acciones y errores tenÃa noticia.