El pirata
El pirata —Yo corrÃa entre ellos, monsieur l’abbé —prosiguió Arlette en un murmullo ahogado—. En cuanto veÃa agua intentaba arrojarme a ella, pero me encontraba rodeada. Me empujaban por todos los lados, y Scevola me tenÃa casi siempre bien sujeta de la mano. Se detuvieron frente a una bodega, y me ofrecieron algo de vino. TenÃa la lengua pegada al paladar, y bebÃ. El vino, el pavimento, los brazos y los rostros, todo era rojo. Yo misma estaba cubierta de salpicaduras rojas. Tuve que correr con ellos todo el dÃa, y durante todo el tiempo me sentà como si me derrumbara en una sima bien honda, muy honda. Las casas se cernÃan sobre mÃ. El sol se nublaba por momentos. Y, de repente, oà que gritaba exactamente como los demás. ¿Comprende monsieur l’abbé? ¡Con las mismas palabras!
Los ojos del sacerdote resbalaron en sus profundas órbitas hacia ella, y recuperaron luego su distante fijeza. Entre su fatalismo y su fe, al párroco le faltaba poco para creer que Satán habÃa tomado posesión de la humanidad rebelde, poniendo al desnudo los corazones como piedras, y el alma homicida de la Revolución.
—Algo de eso oà —susurró furtivamente.
—Puse toda mi voluntad en resistirme —dijo ella, con tranquila sinceridad.