El pirata

El pirata

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Aquella noche Scevola la puso al cuidado de una mujer llamada Perose, joven, bella y natural de Arles, como la madre de Arlette, que guardaba una posada. Arlette quedó encerrada en la habitación de Perose, contigua a aquella en que los patriotas estuvieron gritando, cantando y perorando hasta bien entrada la noche. La mujer entraba de vez en cuando a echar un vistazo, hacía un gesto de desesperación con los brazos y desaparecía de nuevo. Después, muchas noches, cuando la partida dormía en los bancos y tirada por los suelos, Perose se deslizaba hacia la habitación para caer de rodillas junto a la cama en la que Arlette se mantenía sentada con los ojos abiertos y profiriendo desvaríos. La mujer le abrazaba los pies y lloraba hasta caer dormida. Pero por la mañana se levantaba de un salto para decir: «Venga. La cuestión es mantener nuestros cuerpos con vida. Echemos una mano a la tarea de la justicia». Y se unían a la partida ya dispuesta para otra jornada a la caza del traidor. Pero, al cabo de un tiempo, las víctimas, que al principio atestaban las calles, hubieron de ser buscadas en los patios traseros, sacadas de sus escondrijos y arrancadas de las bodegas, y los desvanes arrasados por la partida entre aullidos de muerte y de venganza.




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