El pirata
El pirata Su destino era el final de la península que, avanzando sobre el mar como un dique colosal, separaba la pintoresca dársena de Hères de los promontorios y de las curvas que constituían las inmediaciones del puerto de Tolón. El camino que tomó la mula (pues una vez que la encarriló, Peyrol se olvidó de dirigirla) descendía rápidamente hacia una llanura de árido aspecto. Las blancas salinas resplandecían a lo lejos, contorneadas por unas colinas azuladas de escasa altura. Todo rasgo de vida humana desapareció pronto ante sus ojos errantes… Aquella parte de su país natal le resultaba más extraña que las orillas del canal de Mozambique, las corrientes coralinas de la India o los bosques de Madagascar. Poco después se encontró en el istmo de la península de Giens, impregnada de sal y con una laguna en el centro, particularmente azul, más oscura y aún más tranquila que las extensiones de mar a izquierda y derecha, separadas por angostas franjas de tierra que en algunos lugares no tenían más de cien yardas de anchura. El sendero casi desaparecía entonces, los surcos de las ruedas se borraban y sólo se veían manchas de sal, blanca como la nieve, entre esqueléticos matojos de hierba y arbustos de aspecto particularmente mortecino. Todo aquel istmo de tierra era tan bajo que no parecía más espeso que una hoja de papel depositada sobre el mar. Al nivel de sus ojos, como si se encontrara una almadía, el ciudadano Peyrol contempló varios tipos de velas, unas blancas y otras marrones, mientras que a su frente, más allá de una ancha faja de agua, se levantaba, indolente y robusta, su isla natal de Porquerolles. La mula, que conocía bastante mejor que el ciudadano Peyrol el punto al que se dirigía, le condujo entre suaves elevaciones de terreno hasta el final de la península. Los repechos se veían cubiertos de una hierba exigua. Las serpenteantes cercas de piedra que servían de límite cruzaban los campos y sobre ellas, aquí y allá, asomaban unos tejados rojos sombreados por las copas de delicadas acacias. A una vuelta del barranco apareció una aldea con sus pocas casas, casi todas sin ventanas en el muro que daba al sendero y, en principio, sin la menor huella humana. Tres altos plátanos, de corteza hecha jirones y muy pobre follaje, se agrupaban en un calvero, y el ánimo del ciudadano Peyrol se alegró a la vista del perro que dormía a su sombra. La mula se desvió con gran firmeza hacia un enorme abrevadero de piedra bajo la fuente de la aldea. Mientras bebía, Peyrol miró a su alrededor desde la montura y no vio rastro de posada alguna. Luego, examinando el terreno más cercano, vio a un hombre harapiento sentado en una piedra. Llevaba un ancho cinturón de cuero y sus piernas estaban desnudas hasta la rodilla. Su mirada examinaba con dura sorpresa al caballero montado en la mula. El oscuro color de avellana de su rostro contrastaba fuertemente con su cabello gris. Peyrol hizo un gesto y el hombre se acercó de buen grado, sin que se alterase el duro carácter de su mirada.