El pirata
El pirata —¿Por qué has venido precisamente a mà para contarme esa historia? —preguntó, en voz baja, el párroco.
—Porque es usted un sacerdote. ¿Ha olvidado que me eduqué en un convento? Yo no me he olvidado de cómo se reza. Pero ahora tengo miedo del mundo. ¿Qué debo hacer?
—¡Arrepentirte! —tronó el párroco, levantándose, aunque se esforzó por bajar la voz al ver el sobresalto reflejado en aquel rostro ingenuo—. Has de mirar con valiente sinceridad a las tinieblas de tu alma. Recuerda de dónde puede venir la única ayuda verdadera. Aquellos a quienes Dios ha castigado con una prueba semejante no pueden ser considerados inocentes de sus atrocidades. Apártate del mundo. Desciende a tu interior y abandona vanos pensamientos de lo que la gente llama felicidad. Sé un ejemplo para ti misma de lo que es nuestra naturaleza pecadora y la debilidad de nuestra humanidad. Puedes haber sido posesa. ¿Qué se yo? Quizá se permitió que asà fuera, al objeto de conducir tu alma hasta la santidad a través de una vida de reclusión y rezo. Mi deber es ayudarte en ese sentido. Has de rezar, mientras tanto, a fin de que te sea dada la fortaleza que requiere una completa renunciación.
Bajando lentamente los ojos, Arlette atraÃa al párroco como la imagen simbólica de un misterio espiritual.