El pirata

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Ella no le miró. A través de las suelas delgadas de sus zapatos podía sentir la frialdad de las losas. El párroco dejó la puerta entreabierta, se sentó en su silla de anea, la única que había en la sacristía, se cruzó de brazos y dejó caer la mandíbula sobre el pecho. Parecía dormir profundamente, pero al cabo de media hora se levantó y se colocó junto a la puerta, fijo en aquella figura sumida de rodillas en los escalones del altar. El rostro de Arlette se hundía en sus manos con el fuego de la piedad y la oración. El párroco aguardó pacientemente unos cuantos minutos más antes de alzar la voz, en un grave murmullo que anegó el oscuro lugar.

—Es hora de que te retires. He de tocar a vísperas.

Se sentía muy afectado por la visión de aquella absoluta entrega ante el Altísimo. Volvió a entrar en la sacristía y, poco después, oyó el finísimo roce de la falda de seda negra de la hija de Escampobar, vestida a la usanza arlesina. La muchacha entró en la sacristía con los ojos brillantes, y el párroco la miró con cierta emoción.

—Has rezado bien, hija mía —dijo—. No se te negará el perdón, pues has sufrido mucho. Confía en la gracia de Dios.


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