El pirata
El pirata Se puso su sombrero de ala ancha y, sin decir una palabra, avanzó el primero a través de la portezuela y a lo largo del sendero que él mismo utilizaba siempre, y que no podía verse desde la fuente de la aldea. Al entrar en la húmeda y ruinosa sacristía cerró la puerta tras ellos, y sólo entonces abrió otra, más pequeña, que daba paso a la iglesia. Cuando se hizo a un lado, Arlette percibió un aroma gélido, como de tierra recientemente removida, mezclado con una débil huella de incienso. En la profunda oscuridad de la nave, una pequeña candela titilaba ante una imagen de la Virgen. El párroco susurró a su paso:
—Humíllate ante el altar mayor, y reza para que la gracia, la fortaleza y la misericordia desciendan sobre este mundo de violencias contra Dios y los hombres.