El pirata

El pirata

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Peyrol comenzó a interesarse cuando el hombre le explicó que su bote se encontraba en la alberca salada, aquella enorme, desierta y opaca sábana de agua muerta entre dos grandes bahías de mar vivo. Peyrol se preguntó en voz alta para qué querría alguien tener un bote allí.

—Hay peces —dijo el hombre.

—Y ese bote ¿es lo único que tiene usted? —preguntó Peyrol. Las moscas zumbaban y la mula agachó la cabeza, movió las orejas y agitó suavemente el rabo.

—Tengo una especie de choza junto a la laguna y una red o dos —confesó, por decirlo así, el hombre.

Peyrol miró hacia abajo y completó la lista de sus pertenencias:

—Y este perro.

El hombre tardó de nuevo en contestar.

—Me hace compañía.

Peyrol permaneció sentado tan serio como un juez.

—No tiene usted mucho para ganarse la vida… —dijo al fin—: ¿No hay por aquí una posada, un café o algún sitio donde pueda alojarse uno por un día? He oído hablar de un sitio semejante.

—Se lo mostraré —dijo el hombre, que regresó al punto donde había estado sentado, recogió un gran cesto vacío y emprendió la marcha.


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