El pirata

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Su perro le siguió, con la cola y la cabeza gachas, y tras ellos se puso en camino Peyrol, rozando con los talones los flancos de la inteligente mula, que parecía conocer de antemano todo lo que había de ocurrir. En la esquina en la que terminaban las casas se levantaba una vieja cruz de madera empotrada en un bloque cuadrado de piedra. El solitario barquero de la laguna de Pesquiers señaló una bifurcación por la que las últimas elevaciones de la península se hundían en un paso no muy profundo. Había unos pinos que se recortaban contra el cielo, y en el paso, los retazos opacos, de un verde plateado, de los olivares bajo una larga tapia amarilla flanqueada por oscuros cipreses, y los rojos tejados de lo que parecía ser una granja.

—¿Me alojarán allí? —preguntó Peyrol.

—No lo sé. Lo cierto es que tienen muchas habitaciones. Ahora ya no pasan viajeros por aquí. Pero si busca un sitio donde descansar, eso es lo que era. No perderá usted nada con acercarse. Si él no está, ella le atenderá. Es del lugar. Nació aquí. Sabemos todo acerca de ella.

—¿Qué tipo de mujer es? —preguntó el ciudadano Peyrol, gratamente impresionado por el aspecto del lugar.

—Acérquese y lo comprobará usted mismo. Es joven.


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