El pirata
El pirata —¿Y el marido? —preguntó Peyrol, que al bajar la vista para encontrarse con la firme mirada de su interlocutor, percibió una pequeña vacilación en sus ojos marrones, ligeramente mortecinos—. ¿Por qué me mira as� ¿Acaso tengo la piel negra?
El otro sonrió, mostrando en su rostro salpimentado unos dientes tan sanos como los del propio ciudadano Peyrol. HabÃa en su porte algo de turbación, pero no hostilidad, y la frase que pronunció hizo que Peyrol descubriera que el hombre que tenÃa ante sÃ, aquel solitario hirsuto, aquel ser humano tostado y en pernetas, situado junto a su estribo, abrigaba patrióticas sospechas en cuanto a su identidad. Y eso le pareció injurioso. De manera que con su más severo tono de voz quiso saber si acaso le tomaba por un condenado terrateniente. Y sin perder un ápice de su dignidad ni de su apostura agregó a sus palabras un juramento.
—No parece usted un aristócrata, pero tampoco parece un labrador, ni un buhonero, ni un patriota. No se parece usted a nada de lo que hayamos podido ver por aquà en años y años y años. Usted parece… Casi me atreverÃa a asegurar que usted es un cura.
El estupor petrificó a Peyrol sobre la mula. «¿Estoy soñando?», se preguntó mentalmente.
—¿Está usted loco? —dijo en voz alta—. ¿Sabe usted lo que está diciendo? ¿No le da vergüenza?
Pero el otro insistió inocentemente.