El pirata
El pirata —Hace bastante menos de diez años vi a uno de esos que llaman obispos. Tenía una cara exactamente igual que la suya.
Peyrol se pasó instintivamente una mano por la cara. ¿Qué es lo que podía tener en ella? Ni siquiera le era posible recordar si había visto algún obispo en su vida. Pero su interlocutor no estaba dispuesto a abandonar el tema, pues, frunciendo el ceño, murmuró:
—También vi a otros… Los recuerdo perfectamente… No hace tantos años. Andaban escondiéndose por las aldeas, huyendo de la caza que les daban los patriotas…
A través de la perfecta quietud del aire, el sol brillaba sobre las piedras, sobre los guijarros, sobre los arbustos. La mula, desdeñando con republicana austeridad la proximidad de un establo situado a menos de ciento veinte yardas, había agachado la cabeza y hasta las orejas, y dormitaba como si se encontrara en medio de un desierto. El perro, cual si se hubiera petrificado a los pies de su amo, también parecía dormitar con el hocico pegado al suelo. Peyrol estaba sumido en una honda meditación, y el barquero de la laguna aguardaba la disipación de sus dudas sin impaciencia y con algo parecido a una sonrisa en la espesura de su barba. El rostro de Peyrol se iluminó. Había resuelto el problema, aun cuando en su tono se mantuvo una sombra de vejación.