El pirata
El pirata —Bueno, qué se le va a hacer —dijo—. Aprendà a afeitarme de los ingleses. Supongo que eso lo explica todo.
Al oÃr mencionar a los ingleses el barquero aguzó el oÃdo.
—Cualquiera sabe dónde se habrán metido —murmuró—. Hace sólo tres años pululaban con sus grandes barcos por esta costa. Sólo se les veÃa a ellos, luchando en tierra alrededor de Tolón. De repente, en una o dos semanas… ¡crac! Nadie. Se escabulleron, el diablo sabe a dónde. Aunque quizá usted lo sepa.
—¡Oh, sÃ! Lo sé todo acerca de los ingleses —dijo Peyrol—. No se preocupe por eso.
—No me preocupo. Es usted quien debe pensar en lo que le dirá cuando le vea. Me refiero al dueño de la granja.
—No creo que sea mejor patriota que yo, por mucho que yo me afeite —dijo Peyrol—. Eso sólo llama la atención de un salvaje como usted.
Con un suspiro inesperado, el hombre se sentó al pie de la cruz e, inmediatamente, el perro se separó un poco y se enroscó entre los matojos de hierba.