El pirata
El pirata —Ha ido a Tolón —dijo con voz espesa—. TenÃa que ir.
—¿Para qué? ¡DÃgame la verdad!
—No todos pueden conocer la verdad —masculló Peyrol, con la sensación de que el mismo suelo se reblandecÃa bajo sus pies—. Es una misión oficial —añadió con un gruñido.
Las manos de Arlette le soltaron de pronto los anchos hombros.
—¿En misión oficial? —repitió—. ¿Qué misión? —Su voz se desvaneció, y las palabras «¡Oh, sÃ! Su misión» apenas alcanzaron los oÃdos de Peyrol, que en cuanto se vio libre de la presión de aquellas manos sobre los hombros, recuperó su fortaleza y volvió a sentir firme el suelo bajo los pies.
Justo frente a él, Arlette, silenciosa, con los brazos caÃdos y los dedos entrelazados, parecÃa aturdida por el hecho de que el teniente Réal no estuviera libre de todos los vÃnculos terrenales, como un ángel venido del cielo y sólo pendiente del Dios al que ella rezara. DebÃa compartirlo con una misión en la que podÃan ordenarle cualquier cosa. Pero sentÃa una fuerza interior, un poder mayor que el de cualquier misión.