El pirata

El pirata

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—Peyrol —le imploró—, no me destroce el corazón, este nuevo corazón que acaba de empezar a latir. Mire cómo late. ¿Quién podría soportarlo? —Y cogiendo la peluda manaza del pirata, la colocó sobre su pecho—. Dígame cuándo ha de regresar.

—Escuche patronne, es mejor que suba a su cuarto —comenzó a decir Peyrol con gran esfuerzo, retirando la mano que le había sido arrebatada. Después vaciló ante el grito de Arlette.

—Ya no me puede ordenar como antes —no dio una nota falsa en toda la gama de la angustia a la ira, y, así, su explosión emocional tuvo el estremecedor impacto de una inspirada obra de arte. Con un tempestuoso crujido de sus ropas, Arlette se volvió hacia Catherine, que no se había movido ni había emitido sonido alguno—. Nada de lo que puedan hacer ustedes dos va a cambiar las cosas —al instante siguiente se encontraba de nuevo cara a cara con Peyrol—. Usted me asusta con su cabello blanco… Pero ¿he de hincarme de rodillas? Lo haré.

Cogiéndola por los codos, Peyrol la levantó en el aire y la puso de nuevo sobre sus pies, como si de una cría se tratara. Apenas la soltó, ella le dio un puntapié.

—¿Será usted idiota? —gritó la muchacha—. ¿No comprende que algo ha pasado hoy?


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