El pirata
El pirata Durante toda esta escena Peyrol había mantenido la cabeza sobre los hombros tan honrosamente como cabía esperar, con la calma de un hombre de mar a la hora de afrontar una turbonada en los trópicos. Pero aquellas palabras activaron una docena de pensamientos que recorrieron su mente en pos de lo que aquella sorprendente declaración significara. ¡Algo había pasado! ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué había pasado y con quién tenía que ver? No podía ser algo entre ella y el teniente. Le parecía no haber perdido de vista al teniente desde la primera hora en que se lo encontró, por la mañana, hasta que le envió a Tolón empujándole literalmente entre los hombros, excepto mientras comía en la habitación de al lado, y los pocos minutos de charla con Michel en el patio. Pero sólo habían sido unos pocos minutos, e inmediatamente después, la primera visión del teniente apesadumbradamente sentado en el barco, como un cuervo solitario, no sugería júbilo, ni excitación, ni emoción alguna relacionada con una mujer. Ante tales dificultades, la mente de Peyrol se quedó súbitamente en blanco.
—Voyons, patronne —comenzó a decir, incapaz de articular otra cosa—. ¿A qué se debe semejante alboroto? Espero verle de vuelta alrededor de la medianoche.