El pirata
El pirata Al ver que ella le creÃa, se sintió inmensamente aliviado. Era lo cierto y, desde luego, no podÃa suponer qué otra cosa podÃa habérsele ocurrido sobre la marcha, capaz de quitársela de encima y hacer que se fuera a la cama. Ella le dirigió una siniestra mirada y una terrible amenaza:
—Como me mienta usted…
Él sonrió con indulgencia.
—TranquilÃcese. Estará de vuelta a eso de la medianoche. Puede irse a dormir sin preocupaciones.
Ella le dio la espalda, desdeñosa, y dijo secamente:
—Acompáñame, tÃa —encaminándose hacia la puerta que conducÃa al pasillo. Al llegar a ella se volvió por un momento, con la mano apoyada en el picaporte—. Usted ha cambiado mucho. Ya no puedo confiar en ustedes. Ya no son los mismos.
Y siguió su camino. Sólo entonces despegó Catherine la mirada de la pared, para encontrarse con los ojos de Peyrol.
—¿Ha oÃdo lo que ha dicho? ¡Cambiados! ¡Nosotros! Es ella…
Peyrol movió la cabeza un par de veces, y luego hubo una larga pausa en la que ni siquiera las llamas de la lámpara se movieron.