El pirata

El pirata

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Peyrol no separó los ojos de la recta espalda de Catherine mientras la puerta no se cerró tras ella. Sólo entonces dejó escapar, con un suspiro de alivio, el aire entre sus labios fruncidos. Sus ojos vagaron por la habitación. Cogió la lámpara por el anillo que tenía en lo alto de la varilla central, y salió a la salle, cerrando tras él la puerta de la cocina en tinieblas. Dejó la lámpara sobre la misma mesa en la que el teniente Réal había comido al mediodía. Un pequeño mantel blanco permanecía aún extendido, y su silla estaba torcida, como la había dejado él al empujarla para levantarse. Otra de las muchas sillas de la salle estaba ostensiblemente vuelta de cara a la mesa. La vista de tales objetos hizo reflexionar a Peyrol con amargura. «Ella se sienta y le contempla como si él tuviera tres cabezas y siete brazos y estuviera recubierto de oro» (una comparación que recordaba a ciertos ídolos que había visto en un templo hindú). Aunque no era un iconoclasta, el recuerdo le hizo sentirse decididamente mal, y se apresuró a salir al aire libre. La gran nube se había despedazado y sus poderosos fragmentos se movían hacia el oeste, en un vuelo majestuoso ante la luna en ascenso. Scevola, que se encontraba tendido cuan largo era en el banco, se incorporó rápidamente.




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