El pirata
El pirata —¿Una siestecita al aire libre? —preguntó Peyrol, dejando errar sus ojos por el luminoso espacio bajo la fugitiva retaguardia de nubes que pugnaban entre sÃ.
—No dormÃa —dijo el sans-culotte—. No he cerrado los ojos ni por un momento.
—Eso debe ser porque no tenÃa usted sueño —sugirió el circunspecto Peyrol, cuyos pensamientos se hallaban lejos de allÃ, en el barco inglés. Sus ojos contemplaban mentalmente su negra imagen recortada contra la blanca playa de Salins, que describÃa una curva centelleante bajo la luna. Mientras tanto, siguió hablando lentamente—. Porque lo que es aquà no hay ruidos que impidan conciliar el sueño.
Al nivel de Escampobar, las sombras se alargaban en el suelo, mientras que la ladera de la colina que le servÃa de atalaya permanecÃa aún negra, si bien bordeada por un creciente resplandor. Aquel sosiego era de una dulzura tal, que la dureza interior de Peyrol hacia todo el género humano se suavizó momentáneamente, incluso en lo que le correspondÃa al capitán de aquel barco inglés. El viejo pirata saboreó aquel instante de serenidad en medio de todas sus preocupaciones.