El pirata

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—Éste es un lugar maldito —dijo Scevola, de repente. Sin volver la cabeza, Peyrol le miró de soslayo. Aunque había abandonado con cierta habilidad su postura recostada, el ciudadano parecía bastante desmadejado, como si de un montón de harapos se tratara. Mantenía los hombros encorvados, y sus manos reposaban en las rodillas. Con aquellos ojos fijos, parecía un niño enfermo a la luz de la luna.

—Es el sitio ideal para maquinar traiciones. Uno se siente hundido en ellas hasta el cuello.

Se estremeció y se dejó poseer por un prolongado bostezo nervioso que le dejó con la boca retraída y unos insólitamente largos caninos al aire, quedando de manifiesto la incansable pantera que acecha en el hombre.

—¡Oh, sí! Es mucha la traición que anda suelta. ¿No le es posible imaginársela, citoyen?

—Desde luego que no —replicó Peyrol, con un tranquilo desdén—. ¿Qué traición está usted maquinando? —añadió descuidadamente, de una manera educada, como si se encontrara gozando de una charla a la luz de la luna.

Scevola, que no esperaba ese giro, consiguió, sin embargo, soltar una especie de risa estentórea.

—¡Eso sí que tiene gracia! ¡Ja, ja, ja!… ¡Yo! ¡Maquinando!… ¿Por qué yo?


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