El pirata
El pirata Casi simultáneamente con el ruido de las puertas del camarote sonó allà abajo una aguda exclamación de sorpresa, y apenas habÃa echado Symons la llave al candado, el hombre que habÃa atrapado intentó abrirse paso. Eso, sin embargo, no inquietó a Symons. ConocÃa lo fuerte que era aquella puerta. Lo primero que hizo fue apoderarse del bieldo. Entonces se sintió pertrechado para enfrentarse con un hombre o incluso con dos, siempre que no llevaran armas de fuego. A pesar de ello, no esperaba poder oponerse a los soldados ni tenÃa verdadera intención de hacerlo. Y los soldados podÃan aparecer en cualquier momento, dirigidos por aquel dichoso marinero. En cuanto al granjero que habÃa subido a bordo de la tartana, no tenÃa la más ligera duda. Al no ser un hombre atribulado por una excesiva imaginación, le parecÃa obvio que habÃa ido hasta allà para matar a un inglés, y para nada más. «De buena me he librado —pensó—. ¡Condenado salvaje! Yo no le habÃa hecho nada. Esto debe estar infestado de asesinos». Miró inquieto a la ladera. Hubiera dado la bienvenida a los soldados. Ahora más que nunca querÃa ser hecho prisionero con todas las de la ley. Pero la costa se encontraba absolutamente tranquila, y el más profundo silencio reinaba allá abajo en el camarote. Nada. Ni una palabra, ni un movimiento. El silencio de la tumba. «Está muerto de miedo —pensó Symons, dando con la verdad gracias a su simpleza—. Le estarÃa bien empleado que bajara y le atravesara con esta cosa. Ya lo creo que se lo harÃa». Se estaba irritando. Recordó que también habÃa algo de vino allá abajo. Descubrió que estaba muy sediento y se sintió casi desfallecido. Se sentó sobre la pequeña claraboya para pensar mientras esperaba a los soldados. Incluso tuvo un pensamiento amistoso para Peyrol. Era consciente de que podÃa haber saltado a tierra y haberse escondido durante algún tiempo, pero esto sólo conducirÃa a que, al cabo, le acosaran entre las rocas y le capturaran, con el riesgo adicional de que le metieran una bala en el cuerpo.