El pirata
El pirata El primer cañonazo del Amelia le puso en pie como si le hubieran tirado de la cabellera. Intentó responder con un grito de alegría, pero su garganta sólo produjo un débil gorgoteo. Su barco le había enviado un aviso. No le daban por perdido. Al segundo cañonazo saltó a tierra con la agilidad de un gato, con tanta agilidad que, de hecho, sintió un ataque de vértigo. Cuando éste hubo pasado, regresó pausadamente a la tartana para recoger el bieldo. Después, temblando por la emoción, avanzó con paso vacilante, pero resuelto, y con el único propósito de alcanzar la playa. Sabía que estaría seguro mientras se mantuviera junto al declive de la colina. Como el terreno era por aquella parte de roca pulida y Symons iba descalzo, pasó a no mucha distancia de Peyrol sin que éste le oyera. Cuando llegó al terreno pedregoso, utilizó el bieldo como si fuera un bastón. Aunque se movía lentamente, no estaba lo suficientemente fuerte como para pisar con pie firme.