El pirata
El pirata Unos diez minutos más tarde, Peyrol, escondido tras un arbusto, oyó el ruido de una piedra rodando hacia la cala. El paciente Peyrol se levantó de inmediato y se puso a andar en aquella dirección. Quizá hubiera sonreído si la importancia y la gravedad del asunto en el que se encontraba metido no hubieran impuesto una gran seriedad a sus pensamientos. Avanzando por un sendero a más altura que el seguido por Symons, tuvo pronto la satisfacción de ver perfectamente al fugitivo —inconfundible por el vendaje blanco que llevaba en la cabeza— caminar por el último tramo de la ruta hacia abajo. Ninguna niñera hubiera vigilado con mayor inquietud las andanzas de un niñín que Peyrol el avance del que fuera su prisionero. Y se sintió muy contento al ver que había tenido el buen sentido de coger lo que parecía un bichero de la tartana para ayudarse en su marcha. Peyrol siguió caminando, paso a paso, mientras Symons se hundía cada vez más en su descenso hasta que, al final, le vio desde arriba, sentado en la playa, muy desamparado y solo, con la cabeza vendada entre las manos. Peyrol se sentó también entonces, protegido por una roca salediza. Y se puede decir que con aquello se produjo una completa suspensión de sonido y movimiento en la solitaria cabeza de la península durante media hora.