El pirata

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La silueta de un bote se dibujó, de repente, en la punta oriental de la cala. El señor Bolt había estado navegando muy cerca de la costa, avanzando lentamente, de acuerdo con sus instrucciones, hasta que alcanzó el borde de la sombra lanzada por la punta, áspera y negra, sobre las aguas iluminadas por la luna. Peyrol podía ver subir y bajar los remos. Otro bote se puso a la vista después. La alarma de Peyrol por su tartana se hizo intolerable. «Despierta, animal, despierta», masculló entre dientes. Los botes se deslizaban suavemente, y ya estaba a punto el primero de pasar junto al hombre que estaba en la playa, cuando el grito de «¡Ah del barco!», llegó débilmente, para su alivio, a Peyrol, absorto espectador de rodillas e inclinado hacia delante.

Vio que el bote se ponía en dirección a Symons, que se había puesto en pie y agitaba con desesperación los brazos. Después le vio alzarse penosamente sobre las amuras. El bote retrocedió. Ambos botes levantaron después los remos y flotaron el uno junto al otro en las centelleantes aguas de la cala.

Peyrol se levantó. Ya tenían a su hombre. Aunque quizá insistieran en desembarcar, en el caso de que el capitán de la corbeta inglesa tuviera algún otro propósito en la cabeza. Esa inquietud no duró mucho. Peyrol vio que los remos se hundían en el agua, y en pocos minutos los botes dieron la vuelta y desaparecieron uno tras otro, más allá de la punta oriental de la cala.


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