El pirata

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«¡Al fin! —murmuró Peyrol para su coleto—. Ya no veré más a ese torpe Cabeza Dura». Tenía la extraña sensación de que aquellos botes ingleses se llevaban algo que le pertenecía, no un hombre, sino una parte de su propia vida, un toque de aquellos días remotos en el océano Índico, recuperados por unos breves instantes. Descendió lentamente, como si quisiera examinar el punto en el que el Testa Dura había abandonado el suelo de Francia. Ahora tenía prisa por regresar a la granja y encontrar al teniente Réal, que ya debía haber vuelto de Tolón. El camino de la cala era tan corto como cualquier otro. Cuando llegó abajo, examinó la costa solitaria, inquieto por una sensación de vacío en su interior. Al encaminarse hacia el pie del barranco vio un objeto tirado en el suelo. Era un bieldo. «¿Cómo diablos ha podido llegar esto hasta aquí?», se preguntó, mirándolo como si estuviera demasiado sorprendido para cogerlo. Y una vez que lo tuvo en la mano, siguió inmóvil, meditando. Lo relacionaba con alguna actividad de Scevola, puesto que era el hombre al que pertenecía, pero eso no explicaba su presencia allí, a menos que…

«¿Se habrá tirado al mar?», pensó Peyrol, con la mirada fija en las tranquilas y luminosas aguas de la cala, que no le dieron respuesta alguna. Después contempló su hallazgo extendiendo el brazo con el que lo sostenía. Sacudió, finalmente, la cabeza, se echó el tenedor al hombro y continuó a paso lento su camino.


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