El pirata
El pirata En menos de cinco minutos Peyrol se encontró desmontando frente al a la larga y baja de una elevada casa de campo con muy pocas ventanas y rodeada por muros de piedra que, aparentemente, no sólo delimitaban el patio, sino también un campo o dos. Un portillo se abría a su izquierda, pero Peyrol desmontó ante la puerta, por la cual penetró en una habitación desnuda, de paredes toscamente enjalbegadas, con unas cuantas sillas y mesas de madera que sugerían la apariencia de un café rústico. Golpeó en una mesa con los nudillos, y una joven de cabellos negros y labios rojos, con un fichu al cuello y una falda a rayas blancas y rojas, apareció por una puerta.
—Bonjour, citoyenne —dijo Peyrol.
La joven se quedó tan sorprendida por el insólito aspecto de aquel extranjero, que sólo atinó a musitar «Bonjour», pero un momento después avanzó unos pasos y se quedó expectante. El óvalo perfecto de su rostro, el color de sus suaves mejillas y la blancura de su cuello hicieron que el ciudadano Peyrol emitiera un tenue siseo entre sus dientes apretados.
—Estoy sediento, naturalmente Pero lo que quiero en realidad es saber si me puedo alojar aquí.
El sonido de los cascos de la mula puso a Peyrol en movimiento, pero la mujer le detuvo.