El pirata
El pirata —Es que conoce el camino y se dirige al establo. En cuanto a lo que dice, el patrón llegará en un momento. Nadie pasa por aquÃ. ¿Cuánto tiempo querrÃa quedarse usted?
El viejo pirata de los mares la miró de hito en hito.
—En verdad, citoyenne, quizá de por vida.
Ella sonrió con un fugaz resplandor de los dientes, pero sin jovialidad y sin que se percibiera cambio alguno en sus ojos, que inquietos recorrÃan la vacÃa habitación como si Peyrol se viera acompañado por un séquito de sombras.
—Como yo —dijo—. Yo vivà aquà de niña.
—Poca cosa más eres —dijo Peyrol, examinándola con un sentimiento que ya no era de sorpresa o curiosidad, sino que parecÃa aflorar del mismo pecho.
—¿Es usted un patriota? —preguntó ella, sin dejar de investigar la invisible compañÃa de la habitación.
Peyrol, que pensaba haber acabado con todo aquel absurdo embrollo, se sintió irritado y desconcertado.
—Soy un francés —respondió bruscamente.
—¡Arlette! —gritó la voz de una anciana a través de la puerta abierta que daba al interior.
—¿Qué quieres? —respondió ella prontamente.
—Una mula ensillada se ha metido en el patio.