El pirata
El pirata Una luz frÃa, extraña, mortecina, llenaba la habitación; una luz como jamás habÃa visto en su vida. A los pies de su cama se erguÃa una figura de oscuros ropajes, cubierta la cabeza con un oscuro mantón, con un rostro descarnado y rapaz y unos huecos oscuros donde debÃan estar los ojos… Silenciosa, expectante, implacable. «¿Es esto la muerte?», se preguntó, mirándola aterrorizado. Aquello se parecÃa a Catherine.
—Ecoutez —volvió a oÃrse de nuevo. Él apartó los ojos y al bajar la mirada descubrió que sus propias ropas estaban desgarradas a la altura del pecho. Fuera lo que fuese aquello, espectro o anciana, no lo mirarÃa de nuevo.
—SÃ, escucho —dijo.
—Eres un hombre honrado —era la voz de Catherine, desprovista de emoción—. Acaba de amanecer. Has de irte.
—Sà —dijo sin levantar la cabeza.
—Ella duerme —prosiguió Catherine o lo que fuese—. Está exhausta y tendrÃas que agitarla con rudeza antes de conseguir despertarla. Has de irte —continuó, inflexible, la voz—. Sabes que es mi sobrina, y sabes que la muerte descansa en los pliegues de su falda y la sangre mancha sus pies. Ella no es para hombre alguno.