El pirata
El pirata —¡No te atreverás, miserable! —El retumbar de un trueno silenció sus palabras, pero luego pudo oÃrsela de nuevo, en tonos suplicantes—: Peyrol, amigo mÃo, mi querido y viejo amigo, devuélvamelo —y durante todo ese tiempo su cuerpo se agitaba en los brazos del viejo lobo de mar—. Peyrol, usted me querÃa mucho —gritó la muchacha, sin dejar de agitarse, y súbitamente golpeó dos veces el rostro del pirata con el puño cerrado.
La cabeza de Peyrol recibió los golpes como si estuviera hecho de mármol, pero percibió, aterrado, que el cuerpo de Arlette se sosegaba y comenzaba a quedarse rÃgido entre sus brazos. Una poderosa turbonada envolvió al grupo a bordo de la tartana. Peyrol depositó a la muchacha suavemente sobre la cubierta. Los ojos de Arlette estaban cerrados y sus manos permanecÃan apretadas; de su rostro blanco habÃa desaparecido todo rastro de vida. Peyrol se irguió y miró hacia las altas rocas por las que corrÃa el agua. La lluvia caÃa sobre la tartana con un fiero bramido sibilante, al que se añadÃa el sonido del agua al precipitarse violentamente por los pliegues y grietas de la escarpada costa, que se perdÃa de vista gradualmente, como si aquello fuera el comienzo de un diluvio universal y definitivo, el fin de todas las cosas.