El pirata
El pirata El teniente Réal contemplaba, con una rodilla en tierra, el pálido rostro de Arlette. La voz de Peyrol se oyó nÃtida, aunque mezclada con un trueno apagado y distante:
—No podemos llevarla a la orilla y dejarla allà con esta lluvia. Hay que llevarla a la casa. —Las empapadas ropas de Arlette se ciñeron a sus miembros, mientras que el teniente, con la cabeza desnuda chorreando agua, parecÃa como si la acabara de salvar de morir ahogada. La mirada inescrutable de Peyrol envolvÃa a la mujer tendida sobre cubierta y al hombre de rodillas—. Se ha desmayado de ira contra su viejo Peyrol —dijo, soñadoramente—. Qué cosas tan raras pasan. Pero en cualquier caso, teniente, es mejor que la coja en brazos y la lleve primero a tierra. Yo le ayudaré. ¿Preparado? ¡Arriba!
El movimiento de los dos hombres hubo de ser muy cuidadoso, y avanzaron muy lentamente sobre la parte más baja y empinada de la ladera. Una vez cubiertos los dos tercios del camino, depositaron su inanimada carga sobre una piedra plana. Réal continuó sujetando los hombros de Arlette, pero Peyrol depositó suavemente los pies.